Cámara segunda
La leyenda de Rocko
«El que camina con el ritmo»
— pintura rupestre del barranco del Arquillo
Desde antes de que existieran las palabras, ya se le veía entre los árboles. Nadie sabe su verdadero nombre, pero en las aldeas antiguas del Arquillo lo conocen como Rocko, el Antiguo. Hay quienes creen que nació de una mujer maldita por desafiar a su tribu: bailó sola bajo la luna, amó a un espíritu del bosque o simplemente supo más de lo que debía. En el barranco más profundo parió una criatura cubierta de pelo oscuro, con colmillos como cuchillos de piedra y una mirada que no era humana... pero tampoco monstruosa.
Rocko no era una amenaza. Enseñó a su tribu a hablar con la tierra golpeando pieles estiradas, soplando huesos huecos, cantando sin palabras. Era un amante del ritmo que hace temblar el suelo, del calor de la tribu reunida, del tambor que llama a la noche. Pero los humanos cambiaron: levantaron muros, dejaron de invocar con ritmos y empezaron a dominar con ruido. Y Rocko aprendió a ocultarse. Su cuerpo, maleable, podía tomar la forma de un jabalí y desaparecer entre los matorrales.
AVISO A CAMINANTES — Si te cruzas con un jabalí solitario que no huye: inclina la cabeza y no digas una palabra. Podría ser él.
La noche de 1985 fue diferente. Según cuentan, la propia banda Journey llegó a aquel festival perdido en la sierra. El volumen, el ritmo y las luces se alinearon... y una figura gigantesca emergió entre los árboles. Las cámaras se apagaron. La electricidad falló. Hubo un instante de silencio absoluto y después, un rugido que no provenía de ningún amplificador. Rocko había respondido a la llamada. Pero el mundo no estaba listo.
Casi cuarenta años después, unos jóvenes de la aldea volvieron a levantar el ritual. Lo que antaño invocaban las llamas de otros tiempos, hoy lo invocan el calor del público y las luces del escenario. Y aunque no todos lo sintieron, algunos aseguran que durante el último solo de guitarra, entre la bruma de la madrugada, algo cruzó los árboles. Nadie gritó. Nadie huyó. Esta vez, sabían lo que era.
Tres nombres le dan los que saben. El Antiguo, porque estaba antes que los caminos. El Que Baila, porque ningún testigo lo ha visto quieto. Y El Guardián del Arquillo, porque desde su barranco vigila que el ritmo no muera del todo en la sierra. Los pastores más viejos aseguran que hay noches en que el eco del valle responde medio segundo tarde — como si alguien, allá abajo, repitiera el compás para no olvidarlo.
Quien busca señales, las encuentra: huellas de jabalí que terminan de golpe, como si su dueño hubiera echado a andar a dos patas. Cerdas negras y duras como cuerdas de bajo enganchadas en los espinos, a una altura a la que ningún jabalí llega. Y la Piedra del Arquillo, esa roca plana con muescas que nadie talló, donde dicen que si apoyas la palma después de un buen concierto, la notas templada. Caliente no: templada, como un amplificador que acaba de apagarse.
El pacto es simple y nadie lo firmó nunca: los humanos ponen la música; él pone la montaña. Por eso en Ituero no se toca para el público — se toca para el bosque entero. Y por eso los músicos que han pasado por este escenario hablan de una sensación extraña en el último tema de la noche: la certeza absoluta de que entre las sombras de los pinos, algo enorme llevaba el compás con la cabeza.
Rocko no busca venganza. Solo escucha.
Y si la música es verdadera, él baila.